lunes, 19 de diciembre de 2011

Prostitución de la palabra "revolución"


Por Camilo Torres Restrepo - Actualizado por Johan Doncel.


La palabra revolución ha sido prostituida por nosotros, los q pretendemos ser revolucionarios. Se ha utilizado con ligereza, como una afición, sin un verdadero respeto y sin verdadera profundidad. Si este homenaje sirviera mas q para hacer resaltar a hechos y a personas, para lograr q hoy plasmáramos la unidad alrededor del ideal revolucionario.

Tenemos que lograr la unión revolucionaria por encima de las ideologías que nos separan.  Los colombianos hemos sido muy dados a las discusiones filosóficas y las divergencias especulativas. Nos perdemos en discusiones que, aunque desde el punto de vista teorico sean muy valiosas, en las condiciones actuales del país resultan completamente bizantinas. Como recordaran algunos de los amigos aquie presentes, con quienes trabajamos en la acción comunal universitaria de Tunjuelito, cuando se nos tachaba de que colaborábamos con comunistas yo les contestaba a nuestros acusadores que era absurdo pensar que comunistas y cristianos no podían trabajar juntos por el bien de la humanidad, y que nosotros no podíamos ponernos a discutir sobre si el alma es mortal o inmortal sin resolver un punto en que sí estamos todos de acuerdo: el de que la miseria sí es mortal. Eso nos ha pasado en nuestra orientación revolucionaria. Hay puntos elementales indicados por la técnica social y económica que no tienen implicaciones filosóficas y sobre los cuales, los que buscamos un auténtica renovación del país, podemos ponernos de acuerdo, prescindiendo de las diferentes ideologías, no en nuestra vida personal, pero sí en nuestra lucha revolucionaria inmediata. Los problemas ideológicos los resolveremos después que triunfe la revolución.

Necesitamos la unión por encima de los grupos. Es lastimoso el espectáculo que da la izquierda colombiana. Mientras la clase dirigente se unifica, mientras la minoría que tiene todo los poderes en su mano logra superar las diferencias filosóficas y políticas para defender sus intereses, la clase popular, que no cuenta sino con la superioridad numérica, es pulverizada por los dirigentes de los diferentes grupos progresistas que, muchas veces, ponen mas énfasis en las peleas que se tienen entre sí que en su lucha contra la clase dirigente. 

Es necesario que asumamos una actitud rotundamente positiva ante todos los grupos revolucionarios. Es absurdo ser anticomunista, porque en el comunismo nosotros encontramos elementos auténticamente revolucionarios, como es absurdo estar en contra de cualquier otro grupo que tenga algo de revolucionario. De la misma manera como el Libertador Simón Bolivar promulgó su decreto de guerra a muerte en la lucha emancipadora, nosotros debemos promulgar hoy también un decreto de guerra a muerte, aceptando todo lo que sea revolucionario, venga de donde viniere, y combatiendo todo lo que sea antirrevolucionario, venga también de donde viniere.

La unión debe hacerse por encima de las ambiciones personales. Es necesario que los jefes sepan que no podrán llegar a servir lealmente a la revolución si no es mediante un sacrificio personal, por ese ideal, hasta la ultimas consecuencias. Dentro de los universitarios y los profesionales se encuentran casos de idealismo autentico; sin embargo, muchas veces, se utiliza la revolución como un escalón para ascender socialmente y no como un fin de servicio al país y a la humanidad.

En un país subdesarrollado en donde menos del 2% de la población, como es el caso de colombia, son profesionales y estudiantes universitarios, nosotros constituimos un grupo privilegiado. Estos últimos tienen asegurado su ascenso social durante los años de estudio sin tener que pagar la cuota de conformismo que se impone al resto de los miembros de nuestra sociedad para ascender.  Esto, por lo menos, en las universidades en donde  se ha establecido el delito de opinión y en donde los inconformes no son expulsados por lo que piensan o por lo que defienden. Como grupo privilegiado, nosotros debemos restituir al pueblo colombiano los esfuerzos que ha hecho para que podamos ser una élite cultural. Los universitarios de los países subdesarrollados tienen un papel político irremplazable y se encuentran diariamente ante el drama de lograr una formación técnica indispensable para consolidar la revolución y la necesidad de intervenir en el proceso de cambio, descuidando muchas veces sus tareas diarias de formación y aprendizaje. Somos un grupo insustituible del cual esperan mucho las mayorías de nuestro país. Desgraciadamente, hemos traicionado muchas veces los intereses de la revolución colombiana al servicio de nuestros mezquinos intereses personales. Mientras no haya un grupo de estudiantes y profesionales resueltos a sufrir todas las consecuencias de la represión que les impondrá un sistema que está organizado contra los que quieren cambiar el estado de  cosas en Colombia, no habrá en nuestro país un verdadero liderazgo revolucionario.

Necesitamos algunas condiciones indispensables para realizar la unión, la revolución es un ideal que debe fijarse de una manera muy determinada y precisa. No podemos unirnos con base en ilusiones vagas. Ante todo necesitamos objetivos nacionales que encausen nuestras energías y las energías de todo el pueblo colombiano. Con grupos de jóvenes universitarios de todo el país, pertenecientes a movimientos revolucionarios o independientemente de estos, hemos venido elaborando y planteando una plataforma que resume los objetivos a largo plazo de una acción revolucionaria.

No basta la decisión íntima de entregarse hasta las últimas consecuencias.

La revolución es una tarea demasiado ardua para que las simples intenciones basten para realizarla. De lo contrario, sería inconcebible que no se hubiere llevado a efecto, dado el descontento general que existe en el país.

El inconformismo de los universitarios es algo evidente. Sin embargo, después de los primeros años de estudio, pasa la euforia revolucionaria. Al terminar la carrera se comienzan a buscar los vínculos con las estructuras vigentes. Sería mal visto por los futuros socios, empleados, patronos y palancas que el nuevo profesional tuviera el mote de “comunista” , adjetivo que emplea la clase dirigente para descalificar a los inconformes.

Al terminar la carrera el inconformismo decae totalmente, salvo algunas pocas excepciones. Después, los que fueron los más aguerridos revolucionarios durante los estudios, en muchas ocasiones comienzan a hacerse perdonar de las oligarquías, sus devaneos juveniles. Por eso, frecuentemente los estudiantes mas revoltosos se convierten en los profesionales que defienden con más ahínco los privilegios, los símbolos de prestigio y aun las formas exteriores de vida de las clases dirigentes.

En el apego de estos símbolos de prestigio creo yo que en gran parte está la trampa para caer en el aburguesamiento. La sociedad nuestra es una sociedad burguesa. Los estudiantes participan subconscientemente de los valores de esta sociedad, aunque conscientemente los repudien. Una forma de repudio exterior de esos valores se manifiesta en los vestidos pobres y raros, en la barba y en las costumbres antitradicionales de muchos universitarios. Sin embargo, la imagen de los que debe de ser un profesional, el doctor, debe estar bien vestido, vivir en una casa o un departamento mas o menos bien amueblado, tener automóvil y vivir en un barrio residencial; tener oficina con maquinas, sala de espera y secretaria. Y como todo esto cuesta dinero, es necesaria una remuneración “adecuada” al nivel profesional. Desgraciadamente, las remuneraciones “adecuadas” las controla la oligarquía, y entonces hay que venderse y renunciar al inconformismo.

Mientras no seamos capaces de abandonar nuestro sistema de vida burgués no podremos ser revolucionarios. El inconformismo cuesta, y cuesta caro. Cuesta descenso en el nivel de vida, cuesta destituciones de empleos, cambiar y descender de ocupacion, cambiar de barrio y de vestido. Puede ser que implique el paso al campo o al monte. El arquitecto inconformista debe estar dispuesto a trabajar como albañil, si ese es el precio que le exige la estructura vigente para subsistir sin traicionarse.